Ildebrando Pizzetti. El asesinato en la Catedral.

Mayo 5, 2009


pizetti

 

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El 5 de abril de 1998, Herbert von Karajan habría cumplido 90 años. En vida, se llegó a pensar que sería inmortal, pero su «mala salud de hierro» le echó un envite irresistible durante los ensayos de Un ballo in maschera en el Festival de Salzburgo de 1989. La compañía de discos a la que estuvo cronológicamente más vinculado, Deutsche Grammophon, conmemoró el aniversario presentando cuatro grabaciones de óperas inéditas y la reedición digital de su afamado Anillo del Nibelungo wagneriano.

Las nuevas ediciones operísticas revisten un interés extraordinario, en primer lugar porque constituyen adiciones en primicia a la discografía del músico, y en un caso específico novedad fonográfica absoluta, y de otra porque constituyen valiosos documentos del reinado de Karajan en la Opera de Viena (1957-1964).

El hallazgo.- Las piezas en cuestión son, por orden cronológico de interpretación Asesinato en la catedral, de Ildebrando Pizetti (1880-1968), en traducción alemana del libreto original italiano, a su vez basado en la obra en inglés de T.S. Eliot, en una representación del 9 de marzo de 1960, que se erige en primera edición en CD de la obra; Tannhäuser de Wagner en la versión de París, composición que Karajan nunca llevó directamente al disco y que tampoco volvió a interpretar tras estas representaciones en Viena, en función del 8 de enero de 1963; L'incoronazione di Poppea de Claudio Monteverdi, única incursión conocida de Karajan en este repertorio, cantada en el original italiano pero en una edición orquestal sui generis debida a Erich Kraack, en función vienesa del 1 de abril del mismo 1963; y La mujer sin sombra, de Strauss, en versión con amplia panoplia de cortes y, sobre todo, cambio de orden de escenas en el Acto II, en velada ofrecida el 11 de junio de 1964, el día de la conmemoración del centenario del compositor bávaro.

Excelentes voces.- Dentro de un nivel de sonido monoaural que va desde lo aceptable (Pizzetti) a lo excelente (Strauss), lo soberbio viene dado, en primera instancia, por los elencos vocales empleados, con algunas prestaciones señeras: el gran Hans Hotter en Asesinato en la catedral como imponente Arzobispo de Canterbury, con Anton Dermota como Heraldo de lujo; Gundula Janowitz, Margarita Lilowa, Sena Jurinac y Gerhard Stolze en Monteverdi, obviamente fuera del estilo que hoy consideramos propio de esta música, pero canora e interpretativamente irreprochables; el hoy casi olvidado Gottlob Frick como majestuoso Landgrave wagneriano y Christa Ludwig como absorbente Venus; y el reparto casi al completo de La mujer... straussiana, presidido por la impagable Leonie Rysanek, recientemente desaparecida, como Emperatriz de plúrimos registros dramáticos, Walter Berry como emotivo Barak y de nuevo Christa Ludwig como su esposa, con la presencia, en papeles menores, de nombres como Wunderlich o Lucia Popp.

Filarmónica de Viena.- La segunda instancia de lo soberbio es palmaria: la fabulosa respuesta de la Filarmónica de Viena en el foso, con sonoridades alquitaradas por su director que entonces y hoy provocarían la envidia de cualquier teatro de ópera, que hacen hasta audible el pintoresco montaje sonoro de Kraack para la Poppea monteverdiana. Respuesta global, orquesta y coros, que motiva instantes como el rugido de entusiasmo con que la audiencia recibe a Karajan en el Acto III de La mujer..., que el artista corta atacando el tramo final de la obra.

Pero esto, que es anécdota, va más al fondo: lo que se pone de manifiesto con la escucha de estos discos es el inusitado nivel de calidad artística labrado en Viena durante los años de Karajan y, más importante, la musicalidad extraordinaria de este maestro, patente en secuencias miríficas, como los finales de acto de Monteverdi, la segunda parte de Pizetti, el tercer acto de Tannhäuser y el tercero de Strauss.

En esas escenas, se comprende que, dentro de 20 o 30 años, al hoy nonagenario ausente Karajan se le recordará no por los coches que compró, los aviones que pilotó o las mansiones que habitó, sino por la forma en que, cuando quiso, supo hacer música. O, más exactamente, cómo la música hizo de él su servidor, aunque no siempre nuestro personaje lo advirtiera. Y es que la música, arte subyugador, siempre termina por hacer suyos a quienes la practican, aunque ni ellos se den cuenta.


 

 

     

     

     



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